Economía y libertad

Bajar la inflación es necesario, pero no alcanza para salir del pozo

Mujer revisando precios de aceite en góndola de supermercado porteño bajo luz fluorescente
Mujer revisando precios de aceite en góndola de supermercado porteño bajo luz fluorescente

Un logro real que no cierra la historia

La pregunta que circula en los medios —¿alcanza con bajar la inflación para que Milei sea reelegido?— es legítima como análisis electoral, pero resulta demasiado chica para el problema de fondo. Contestarla solo en clave de votos es exactamente el tipo de pensamiento cortoplacista que nos trajo hasta acá.

Sí: la inflación bajó. El dato es concreto y no hay que minimizarlo. Después de décadas de emisión descontrolada y de un pico que en 2024 superó el 200% anual según el INDEC, ver números de un dígito mensual es un alivio real para familias que veían evaporarse el sueldo semana a semana. Eso tiene valor. Pero confundir estabilización con transformación es el error clásico de la política argentina: celebrar el primer paso como si fuera la llegada.

Lo que nos dice el largo plazo

En 1950, Argentina era la tercera o cuarta economía del mundo en términos de PBI per cápita, según diversas estimaciones históricas que incluyen las del historiador económico Angus Maddison. Éramos comparables a Francia, superábamos a Italia y dejábamos atrás a Japón. Hoy ocupamos el puesto 63 o 64 en el ranking global de ingreso per cápita, dependiendo del criterio de medición. No caímos por un terremoto ni por falta de recursos naturales. Caímos por decisiones: gasto público estructural, emisión para financiarlo, cepos, estatizaciones, default, y el ciclo que se repite cada diez años con distinto nombre pero idéntica lógica.

Esa caída no fue lineal ni inevitable. Fue el resultado acumulado de un modelo que Hayek hubiera reconocido de inmediato: el Estado como asignador central de recursos, con los precios distorsionados, la inversión ahuyentada y el capital humano emigrando. Cada vez que alguien propuso reformar de verdad ese modelo, la resistencia política y corporativa lo diluyó o lo revirtió. Alfonsín intentó el Austral. Menem privatizó y luego el sistema colapsó igual por el lado fiscal. De la Rúa heredó una bomba. Kirchner consolidó el estatismo con viento de cola. Macri no pudo o no quiso ir al fondo. Y aquí llegamos a Milei.

El test real no es la reelección

La pregunta electoral —¿lo vota la gente de nuevo?— es secundaria frente a la pregunta estructural: ¿está cambiando la Argentina su ADN económico o solo está atravesando otro ciclo de estabilización transitoria?

Para que la baja de inflación sea el inicio de algo y no otro espejismo, necesitan cumplirse condiciones que van mucho más allá del índice de precios. Primera: el superávit fiscal tiene que ser sostenido y no depender de licuación de jubilaciones o de atrasos en pagos al sector privado. Segunda: la presión tributaria —que según datos del Ministerio de Economía ronda el 30% del PBI entre Nación y provincias— tiene que bajar de manera efectiva para que el sector privado pueda crecer sin que el fisco lo asfixie. Tercera: las reglas de juego deben estabilizarse. Friedman lo repetía hasta el cansancio: a los inversores no les importa solo la tasa impositiva, les importa la certeza de que esa tasa no va a cambiar la semana que viene.

Ninguno de esos tres puntos está resuelto. Hay avances en el primero, señales contradictorias en el segundo, y en el tercero la Argentina sigue siendo un país donde una resolución del Banco Central puede cambiar las reglas de un día para el otro.

El problema de medir en ciclos electorales

La lógica del "¿alcanza para la reelección?" es, en el fondo, la misma lógica que destruyó el país. Cada gobierno argentino desde 1945 optimizó para el ciclo electoral inmediato: expandió el gasto cuando había reservas, emitió cuando no las había, y le dejó la cuenta al siguiente. La diferencia entre un estadista y un político, decía Mises, es el horizonte temporal. El político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación.

Si Milei y su equipo caen en la trampa de gestionar para octubre de 2027, van a tomar decisiones que maximicen la imagen de corto plazo y posterguen las reformas estructurales más costosas políticamente. Ya se vieron algunas señales en esa dirección: la velocidad de la apertura comercial, el ritmo de la reforma laboral, la situación de las empresas públicas que siguen en pie. Son temas donde el gradualismo tiene un costo real.

Alberdi lo escribió en el siglo XIX con una claridad que todavía duele: la Argentina necesita instituciones que atraigan capital y trabajo, no que los expulsen. Ciento cincuenta años después, seguimos discutiendo lo mismo.

Lo que sí cambió y no hay que subestimar

Dicho todo esto, sería deshonesto ignorar que algo cambió en el debate público. Por primera vez en décadas, la discusión sobre el tamaño del Estado no está relegada a think tanks liberales ni a candidatos testimoniales. Está en el centro de la agenda. El déficit cero dejó de ser una consigna de campaña y se convirtió en un resultado concreto, al menos en los números nacionales. Eso tiene un valor simbólico y práctico que no es menor.

El problema es que la Argentina tiene una capacidad extraordinaria para reabsorber los cambios. Las provincias siguen gastando. El Congreso aprobó leyes con impacto fiscal que el Ejecutivo tuvo que resistir. Los sindicatos y las corporaciones empresariales protegidas por el Estado siguen operando con la misma lógica de siempre. La reforma es real pero frágil, y la fragilidad no se resuelve con una reelección: se resuelve con instituciones.

La pregunta que importa

Entonces, ¿alcanza con bajar la inflación? No. No alcanzó en el Plan Austral, no alcanzó en la convertibilidad, no va a alcanzar ahora si no va acompañada de una reducción genuina del Estado, de una apertura sostenida y de reglas estables que duren más que un mandato presidencial.

La buena noticia es que el camino está más claro que nunca. La mala, que recorrerlo requiere exactamente lo que la política argentina históricamente no tuvo: paciencia para el largo plazo y coraje para sostener reformas impopulares en el corto. El dolor de país no está en haber caído del tercer lugar al sexagésimo. Está en que todavía no terminamos de entender por qué caímos.

Relacionado: Corrientes pide plata: el ciclo que el ajuste debería cortar — otra mirada sobre el mismo tema.

Fuentes citadas

  1. NotiAR — Liliana Franco: ¿Alcanza con bajar la inflación para que Milei sea reelegido? — Nota original que dispara el análisis editorial.
  2. INDEC — Índice de Precios al Consumidor (IPC) — Fuente oficial de datos de inflación mensual y anual en Argentina.
  3. Proyecto Maddison — PBI histórico per cápita — Base de datos histórica de PBI per cápita que permite comparar la posición relativa de Argentina en el siglo XX.

Preguntas frecuentes

¿Por qué no alcanza con bajar la inflación para transformar la economía argentina?
Porque la inflación es un síntoma, no la causa raíz. El problema estructural es un Estado sobredimensionado que consume recursos del sector privado, una presión fiscal que desalienta la inversión y reglas que cambian con cada gobierno. Sin resolver eso, la estabilización es transitoria.
¿En qué posición estaba Argentina en el mundo en los años 50?
Según estimaciones históricas basadas en datos del proyecto Maddison, Argentina era una de las economías con mayor PBI per cápita del mundo a mediados del siglo XX, comparable a países de Europa occidental. Hoy se ubica alrededor del puesto 63 en ese ranking.
¿Qué condiciones se necesitan para que la baja de inflación sea sostenible?
Superávit fiscal genuino (no basado en licuación de gastos), reducción de la presión tributaria para que el sector privado pueda crecer, y estabilidad de las reglas de juego que dé previsibilidad a inversores nacionales e internacionales.
¿Qué reformas estructurales siguen pendientes en Argentina?
Entre las más urgentes: reforma laboral profunda, reducción de la cantidad de empresas públicas deficitarias, baja de la presión impositiva provincial y nacional, y apertura comercial sostenida. Son reformas políticamente costosas que los gobiernos tienden a postergar.
¿Es posible revertir la decadencia argentina en un solo mandato presidencial?
No. La decadencia se construyó en 90 años de malas decisiones acumuladas. Un mandato puede sentar bases, cambiar el rumbo y generar confianza, pero la transformación real requiere continuidad institucional y políticas que trasciendan los ciclos electorales.