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El mérito no espera refuerzos: lo que River le enseña al país

El mérito no espera refuerzos: lo que River le enseña al país
El mérito no espera refuerzos: lo que River le enseña al país

El fútbol como laboratorio de ideas

Sería fácil despachar la nota de Clarín sobre el River que imagina Coudet como simple crónica deportiva de verano. El técnico recién llegado, la pretemporada en Alicante, el debut ante Aldosivi por Copa Argentina, las negociaciones por Ángel Correa y Thiago Almada, la espera por los seleccionados que siguen en el Mundial. Todo muy interesante para el hincha de River. Pero hay algo en ese relato —la lógica de esperar al crack importado para que todo funcione— que merece una lectura más incómoda.

El fútbol argentino, en su grandeza y en sus miserias, siempre fue un espejo fiel de la cultura nacional. Y la escena que describe Clarín —un equipo que trabaja, que se organiza, pero que en el fondo aguarda al redentor externo— tiene un aire de familia con ciertos vicios que nos costaron décadas de estancamiento.

La lógica del salvador y sus costos

No hay nada malo en contratar talento. Al contrario: en un mercado libre, la competencia por el mejor recurso humano disponible es un motor de excelencia. Que River negocie por Correa o Almada no es un problema; es exactamente lo que debería hacer cualquier organización que quiere ganar.

El problema es otro. Es cultural. Es la tendencia —tan argentina, tan arraigada— de paralizar el presente mientras se espera al mesías. De suspender el esfuerzo propio porque "viene uno mejor". De no desarrollar lo que ya tenés porque total, el refuerzo va a resolver todo.

Esa lógica, trasladada a la economía y a la vida pública, tiene nombre: es el distribucionismo mágico, la ilusión de que siempre hay alguien afuera —el Estado, el FMI, el inversor extranjero, el plan social— que va a venir a salvar lo que nosotros no construimos. Hayek lo llamó la "fatal arrogancia": creer que el diseño centralizado puede reemplazar al proceso descentralizado de millones de decisiones individuales. En el fútbol, el equivalente es creer que dos jugadores de talla mundial alcanzan para suplir la falta de sistema, de cultura de trabajo y de mérito acumulado.

Coudet y la planificación que sí vale

Hay que ser justos, sin embargo. Lo que describe la nota también tiene una cara positiva que merece reconocerse: Coudet no llegó a improvisar. Llegó con una idea de esquema, con variantes estudiadas, con una pretemporada en Alicante que sirvió para instalar conceptos antes de que lleguen las figuras. Eso es planificación. Eso es mérito institucional.

En ese sentido, River —como institución— viene haciendo algo que pocas organizaciones argentinas hacen bien: invertir en procesos, no solo en resultados inmediatos. La cantera de Núñez tiene una reputación ganada a base de trabajo sistemático, no de golpes de suerte. Enzo Fernández, Julián Álvarez, Franco Armani: ninguno apareció de la nada. Fueron el producto de años de inversión silenciosa en talento, de un sistema que premia el esfuerzo y la constancia.

Esa es exactamente la cultura que le falta al Estado argentino y que le sobra a las instituciones privadas que funcionan. No es casualidad: cuando no hay subsidio que te rescate, cuando la caja no la paga el contribuyente, aprendés a construir desde adentro.

Lo que el deporte enseña y la política ignora

Milton Friedman solía decir que el mercado es el único sistema donde podés prosperar sirviendo a los demás mejor que tu competidor. El deporte de alto rendimiento tiene esa misma lógica brutal y honesta: no hay relato que tape los resultados. Perdés o ganás. El árbitro no te da puntos por tener buenas intenciones ni por haber sufrido mucho en el pasado.

La política argentina, en cambio, lleva décadas funcionando al revés. El mérito se castiga con impuestos confiscatorios. El esfuerzo se penaliza con regulaciones que asfixian al que produce. Y el fracaso se premia con planes, subsidios y discursos que culpan al mercado de lo que hizo el Estado. Juan Bautista Alberdi lo anticipó con una claridad que todavía duele: "Gobernar es poblar", escribió, pero también advirtió que sin instituciones que protejan la propiedad y premien el trabajo, ninguna población alcanza.

El fútbol, en cambio, no puede mentirse tanto tiempo. Tarde o temprano, la cancha cobra.

El equipo ideal no se importa, se construye

Volvamos a River. El "equipo ideal" que imagina Coudet —con Correa, con Almada, con los campeones del mundo que regresan del Mundial— es una ilusión hermosa. Puede que se concrete, puede que no. Pero lo que sí existe hoy, lo que ya está trabajando en Buenos Aires después de la pretemporada en España, es un grupo de jugadores que no esperaron al crack para empezar a entender el sistema.

Esa imagen —la del equipo que labura aunque falten los mejores— es la que debería exportarse como modelo cultural. No la del talento individual que lo resuelve todo, sino la del colectivo que construye condiciones para que el talento individual florezca cuando aparece.

En términos de política económica, eso se llama institucionalidad. Reglas claras, previsibilidad, respeto por la propiedad, premio al esfuerzo. No hace falta el inversor estrella si el ambiente es el correcto. No hace falta el crack importado si el sistema forma bien a los propios.

Argentina lleva décadas esperando al refuerzo que nunca llega —el plan económico mágico, el préstamo que todo lo resuelve, el líder carismático que va a hacer lo que los anteriores no pudieron. Y mientras espera, no construye las condiciones para que el talento que ya tiene pueda desarrollarse.

La Argentina que produce no espera

La Argentina que le da razón de ser a este medio —la que produce, la que emprendió, la que madrugó— no tiene tiempo de esperar al refuerzo. Trabaja con lo que tiene, planifica con lo que puede y compite en serio.

Eso es mérito. No el mérito como slogan vacío, sino como práctica cotidiana: levantarse antes, estudiar más, arriesgar con responsabilidad, asumir las consecuencias. La meritocracia no es un sistema perfecto —ninguno lo es— pero es el único que premia genuinamente el esfuerzo por encima del apellido, la rosca o el subsidio.

Coudet puede soñar con su equipo ideal. Es su trabajo soñarlo y después construirlo. Pero la lección más valiosa de ese proceso no está en los nombres que va a contratar. Está en los jugadores que hoy entrenan aunque el técnico todavía no tenga el plantel completo. Están haciendo lo único que depende de ellos: prepararse.

Le vendría bien a más de un funcionario aprender de ese ejemplo.

Fuentes citadas

  1. Clarín Deportes — El River que sueña Coudet — Nota original sobre el armado del plantel de River Plate bajo la conducción de Eduardo Coudet, julio 2026.
  2. Banco Central de la República Argentina — Referencia institucional sobre el contexto macroeconómico en el que operan las organizaciones privadas argentinas.
  3. INDEC — Instituto Nacional de Estadística y Censos — Fuente de datos sobre empleo, producción y condiciones económicas del país.

Preguntas frecuentes

¿Por qué un medio liberal habla de fútbol?
Porque el fútbol, como cualquier institución que compite en serio, refleja valores culturales. La lógica del mérito, la planificación y el esfuerzo que funciona en el deporte es exactamente la que defendemos para la economía y la vida pública.
¿Está mal contratar jugadores del exterior como Ángel Correa o Thiago Almada?
En absoluto. La libre contratación de talento es parte del mercado que defendemos. El punto editorial no es la contratación en sí, sino la cultura de depender del redentor externo en lugar de construir condiciones internas de excelencia.
¿Qué tiene que ver Hayek con River Plate?
Hayek argumentaba que los sistemas descentralizados —donde cada actor toma decisiones con información local— superan al diseño central. Una cantera que forma jugadores durante años aplica exactamente esa lógica: conocimiento distribuido, proceso acumulativo, resultados genuinos.
¿No es elitista hablar de meritocracia en un país con tanta desigualdad?
Al contrario. La meritocracia es el sistema más democrático posible porque premia lo que cualquiera puede cultivar —esfuerzo, preparación, responsabilidad— en lugar de premiar el origen, el apellido o el contacto político. Lo que destruye la igualdad de oportunidades es el clientelismo y el privilegio estatal, no el mérito.
¿Qué debería hacer el Estado argentino para que florezca el talento local?
Lo mismo que hace una buena institución deportiva: establecer reglas claras, garantizar que el esfuerzo tenga recompensa, no castigar con impuestos desproporcionados al que produce y dejar que la competencia seleccione a los mejores sin intervención arbitraria.