Instituciones
La cábala presidencial y lo que dice del poder institucional

Un dato pequeño que abre una pregunta grande
Trump estará en el estadio. Milei, no. Según Canal Doce Misiones, el presidente argentino decidió no asistir a la final del Mundial —que enfrentaría a la Selección contra España— por razones de cábala personal. La noticia circuló el 16 de julio y generó más chascarrillos que debate. Pero hay algo debajo de la anécdota que vale la pena rascar.
En una democracia republicana, la conducta pública del Ejecutivo no es un asunto privado. No porque haya una obligación constitucional de asistir a partidos de fútbol —no la hay, y sería absurdo que la hubiera—, sino porque el patrón de toma de decisiones que un presidente exhibe en lo pequeño anticipa cómo razona en lo grande. Y cuando ese patrón se articula en torno a creencias personales, supersticiones o intuiciones del líder, algo en el edificio republicano cruje.
Alberdi y la previsibilidad como valor constitucional
Juan Bautista Alberdi, el arquitecto intelectual de la Constitución de 1853, entendía que el mayor riesgo para una república latinoamericana no era la tiranía abierta sino el caudillismo disfrazado de institucionalismo. En sus Bases, insistía en que las reglas deben ser más fuertes que los hombres que las administran. La previsibilidad —que el Estado actúe conforme a normas conocidas y no conforme al humor, la intuición o la superstición del gobernante de turno— era para él una condición sine qua non del progreso.
Nadie va a invocar la Constitución por una final de fútbol. Pero el principio subyacente importa: un gobierno que comunica sus decisiones en clave de cábala, de señales personales, de rituales privados, está —aunque sea inconscientemente— desplazando la lógica institucional por la lógica del líder carismático. Y eso, en la historia argentina, tiene un prontuario largo y poco glorioso.
El contraste con Trump no es neutral
Que Donald Trump sí asista a la final tiene su propia lectura institucional. Trump es un político que ha tenido una relación, cuanto menos, tensa con las formas republicanas de su propio país. Sin embargo, en este caso, su presencia en el estadio responde a una lógica de Estado: la final del Mundial se juega en territorio norteamericano, bajo organización conjunta de Estados Unidos, México y Canadá. La asistencia del presidente anfitrión tiene una dimensión protocolar y diplomática que excede el gusto personal.
Milei, en cambio, comunica su ausencia en términos de superstición. No dice "tengo compromisos de agenda", no dice "priorizo la gestión sobre el espectáculo", no dice nada que remita a una lógica de gobierno. Dice, en esencia, que sus creencias personales determinan sus actos públicos. Eso no es un escándalo. Pero tampoco es irrelevante.
El gobierno de las formas importa
Hay una tradición liberal —de Hayek a Friedman, pasando por el propio Alberdi— que insiste en que las instituciones son reglas de juego que deben operar con independencia de quién esté sentado en el sillón. La fuerza de una república se mide exactamente en eso: en que las decisiones del Ejecutivo sean predecibles, argumentadas y encuadradas en marcos normativos, no en la psicología del mandatario.
Milei ha hecho cosas valiosas en materia institucional: el ajuste fiscal que permitió recomponer las cuentas públicas, la eliminación de regulaciones que distorsionaban el mercado, la señal de que el déficit cero no es negociable. Esas son decisiones que fortalecen la previsibilidad económica y, por extensión, el Estado de derecho en su dimensión más práctica. Pero el estilo comunicacional del presidente —que alterna entre el rigor técnico y el misticismo personal— genera una tensión que no conviene ignorar.
Un inversor que evalúa el riesgo argentino no mira solo los números del BCRA o del INDEC. Mira también la estabilidad del cuadro de decisión. Y un presidente que explica sus ausencias en términos de cábala no está proyectando exactamente la imagen de un gobierno que opera por reglas antes que por impulsos.
La república no se construye con supersticiones de palacio
Sería injusto convertir esta anécdota en una condena total. Milei no es el primer presidente que tiene manías, rituales o creencias que influyen en su conducta. La historia está llena de líderes con supersticiones. Churchill consultaba astrólogos. Reagan también. El problema no es la superstición en sí —que pertenece al fuero íntimo de cada persona— sino cuándo esa superstición se vuelve el argumento público de una decisión de Estado.
Lo que corresponde exigirle a un presidente liberal, en el sentido alberdiano del término, es que sus decisiones públicas sean explicadas en términos de razones públicas: agenda, prioridades, recursos, protocolo. No en términos de señales cósmicas o rituales privados. Eso no es mojigatería republicana: es la diferencia entre un gobierno de leyes y un gobierno de hombres.
Argentina lleva décadas pagando el costo de haber sido gobernada por la voluntad de líderes antes que por la solidez de sus instituciones. El kirchnerismo hizo de esa lógica un sistema. El peronismo clásico la elevó a doctrina. Si el proyecto liberal que encarna Milei quiere ser algo cualitativamente distinto —y no apenas un caudillismo con distinta orientación ideológica— necesita cultivar con más cuidado las formas republicanas, incluso en los detalles que parecen menores.
La cábala es un asunto privado. El modo en que un presidente justifica sus decisiones públicas, no.
Fuentes citadas
- Canal Doce Misiones — Trump irá a la final, Milei no por cábala — Fuente original de la noticia que motivó este editorial.
- Banco Central de la República Argentina — Referencia institucional para datos de política monetaria y contexto macroeconómico de la gestión Milei.
- Jefatura de Gabinete — Portal oficial — Fuente de referencia para comunicados y decisiones formales del Ejecutivo nacional.



